
Cuento seleccionado de mi autoría que integra el libro "Antología de Poesía y Narrativa Breve XLII"
¡QUÉ IRONÍA!
Noche casi cerrada con un cielo pintado por nubes violáceas; la mayoría de
las calles que cruzan la ciudad ya duermen.
La Avenida Corrientes colmada de letreros luminosos que anuncian espectáculos
y ofertas diversos también va cesando su actividad; las marquesinas de los
teatros se apagan: una de las zonas más emblemática de Buenos Aires, queda
silenciosa. Se extingue el trajinar de los peatones y el bullicio de las
bocinas; decaen la alegría y el placer; un manto de pereza se extiende a
lo largo y a lo ancho de la misma y sólo se vislumbran sombras de tamaño
desigual que proyecta el escaso brillo de la luna en cuarto menguante.
En el recodo del muro de uno de los edificios legendarios existentes en esa
franja extensa y ecléctica, una pareja aúna sus cuerpos en arrebatos y embates
coronados por suspiros. Mientras se consumen en vehementes besos, las manos
se deslizan y hurgan cada centímetro de la piel al compás de mágicos latidos.
Enceguecidos en el frenesí del “cunnilingus” y la “fellatio”, ardientes y
embelesados consuman su deseo.
Ella entrega sus senos - que él lame con deleite - y el santuario hasta ahora
inviolado de su claustro en llamas.
Él, el miembro erecto que expulsa su semen vigoroso.
Después de ese paroxismo amatorio quedan exhaustos, transpirados, desplomados
en el borde de la acera.
Arrojan el capullo de la simiente - producto de ese goce fortuito – para
que surque el agua de la cuneta, navegue y se pierda
en las profundidades de la alcantarilla.
Aun así, el tesoro de un fruto peregrino comenzará a crecer en las entrañas...
DESPUÉS
DE TODO
Después
de todo -pero después de todo-
sólo se trata de acostarse juntos,
se trata de la carne,
de los cuerpos desnudos,
lámpara de la muerte en el mundo.
Gloria
degollada, sobreviviente
del tiempo sordomudo,
mezquina paga de los que mueren juntos.
A
la miseria del placer, eternidad,
condenaste la búsqueda, al injusto
fracaso encadenaste sed,
clavaste el corazón a un muro.
Se
trata de mi cuerpo al que bendigo,
contra el que lucho,
el que ha de darme todo
en un silencio robusto
y el que se muere y mata a menudo.
Erótico
(Anónimo)
Incansable
viajero
llego hasta tu tierra sagrada.
En
tu lecho, tu cuerpo desnudo
se dibuja cual montaña misteriosa y prometedora.
Paciente
explorador, me abandono
lentamente, en tu paisaje.
Mis
labios, sedientos
se detienen en la fuente de tu boca
saboreando tu primera miel
de la mañana.
Mis
manos, inquietas,
forman un diminuto ejército de dedos
que se apresuran a perderse
en la expesura de tu cabello.
Despacio,
inclino tu rostro dormido
besando tus párpados abandonados.
Mientras
tu cabeza
se sumerge en la almohada para recibir el gran sueño,
mis dedos, capitaneados por mis besos,
exploran curiosos la finísima arena de tu piel.
Al
descender de tu relajado rostro,
tu cuello indica a mis ojos
el camino de tu cuerpo.
Unos diminutos besos de agradecimiento
y un hasta pronto, son su despedida.
Bajo
tu garganta,
dos sinuosas dunas franquean mi camino.
Pero mis dedos, presurosos,
se disponen a escalar,
resbalando una y otra vez,
en su frenesí por llegar a su cima.
En
lo alto, dos delicadas rosas
esperan impacientes
con el incipiente ofrecimiento
de sus temblorosos pétalos
llenos de rocío.
Mi
boca, sedienta,
aplaca una vez más, la insaciable sed
del maravilloso viaje.
Pero
el rocío de tus pechos
es sólo la efímera promesa
de tu próximo valle fértil.
Es
la puerta que se abre
hacia la delicada llanura de tu vientre
que se torna cálido
con los primeros rayos de sol
de media noche.
Mi
pequeño ejército
abandona celoso y receloso
la cima de tus senos
para llegar a tu llanura impaciente.
Mis
dedos,
como pájarillos sorprendidos
por la incipiente tormenta,
buscan cobijo en cada poro de tu ser,
en cada escondite de tu cuerpo.
Fuera, llueve.
Las primeras
gotas de pasión arrecian
al besar tu cuerpo encendido,
que se estremece inquieto
bajo los destellos multicolores
del deseo.
Todo
la geografía de tu cuerpo sedienta
espera impaciente destellos de relámpagos
anunciando el gran torrente
que arrasa todo.
Finalmente, tu sexo.
Bajo
la frondosidad de su vello
se agita una nueva tormenta
recibiendo y regalando
húmedas fragancias.
Bajo
mi ser
se abre fértil y ansioso
como fuente de vida
bajo tierra mojada.
La
luz, cegadora,
de un rayo purificador
inunda tu ser y el mío
en la explosión de tormentas
que se funden en un sólo suspiro.
Deja de llover.
Los
ecos, ya lejanos,
de las últimas gotas de lluvia,
sobre los cristales,
se pierden en la noche.
Y
los espíritus renovados
de nuestros cuerpos exhaustos,
en el infinito.